Nuestros hijos crecen y nuestros trabajos acompañan ese camino. Inspiramos el aroma de la infancia a través de la memoria de lo que somos cuando nos encontramos con niños de distintas edades. No nos queremos olvidar de jugar con la misma intensidad con la que juegan los niños, ni de mirar el mundo como ellos lo hacen. Sabemos que nuestra espada de madera es capaz de vencer a monstruos metálicos, que el universo cabe en un trozo de papel y que los cuentos que se escriben en el aire, modifican el mundo. Nos dejamos contagiar por el entusiasmo, por la curiosidad y por aprender a saltar, o tal vez sobrevolar los obstáculos de nuestro camino incierto. Al principio y al final resuena la carcajada del niño.